Sábado, sábado, sábado. Si lo digo tres veces es verdad. Solo dos es desidia y una… dicen por ahí que no es ninguna.
Me encanta lo que dice la gente, lo que platican los demás. A veces es difícil entenderlos, pero si nos damos un momento, no es tan complicado. Hay una infinidad de cosas allá afuera. Todo un universo, de manera literal. Pero lo que importa no es la cantidad, ni siquiera la naturaleza de las cosas. Aquí lo verdaderamente relevante es el objeto en sí.
Y por objeto me refiero a todo lo que no eres tú. No creo que haya falta explicaciones. Hay cosas simples y complicadas. Algunas solo aparentan ser así. Todo mundo tiene algo que decir, una historia que contar; y muchas veces eso es lo que necesitamos.
No hace falta relacionar esas circunstancias, ni mucho menos entender esos sentimientos. Solo basta con “vivir” lo que se observa y divertirse en el proceso. Hoy por hoy (sábado) lo importante es la diversión. Las razones van después.
Porque al final, la motivación es tan escurridiza como la mismísima inspiración. Viene y va de manera repentina. Un segundo está contigo y de repente la pierdes de vista hasta que silenciosamente vuelve y te propina un bien colocado golpe en la nunca.
Yo soy partidario del arte de la simplicidad. No me gusta buscar cosas dónde no las hay, y mucho menos esconderlas. Aquí lo que presento viene y se lee como es. No hay trucos, ni trampas. Los engaños se los dejo a los charlatanes y las brujas de oriente. Pero la imaginación no tiene límites (en el muy vago sentido de la palabra), y eso es lo que debe quedar muy claro.
Yo aquí me puedo desvivir escribiendo, pero como dije hace un ratito (uno chiquito chiquito), la onda es viajera.
¿Cuánto tiempo es necesario para escribir algo decente? Para expresar de forma efectiva eso que se siente, eso que se encuentra en tu interior.
¿Cuánto tiempo se necesita para encontrar esa intención sincera de escribir? Para justificar esas líneas y sus significado
¿Cuántas personas se necesitan para justificar esa intención? ¿Es acaso suficiente contigo mismo?
¿Cuántas preguntas se requieren para darle significado a lo intangible? ¿Acaso eso también requiere una explicación?
Al final, todo lo anterior son sólo números y no razones. El humor y la tragedia humana son la misma cosa, pero expresada de manera diferente. Los momentos de inspiración son pocos, y aún menos los que verdaderamente nos mueven a hacer algo.
Detrás de luces, sonidos, palabras y miradas se esconde una incapacidad de complementar nuestra misma alma; de unir y comunicar nuestros sentimientos. Es en la madrugada cuando la soledad comienza a hacer sentido y las palabras a ganar significado.
Pero al final de la noche todo es vago y nada es todo. Una oración es lo mismo que un ensayo y un gesto toda una obra. Sin embargo el autor aún se encuentra inconforme… aún se encuentra perdido.
¿Qué tan fácil es expresar lo que realmente vivimos? ¿De qué manera comunicamos nuestras experiencias, conocimientos… y sentimientos? ¿Hasta qué grado nos damos realmente a entender?
Las respuestas generales a lo anterior pueden ser simples, hasta cierto punto. Mediante la utilización del lenguaje, en todas sus formas y modalidades, nos es posible expresar y comunicar una gama casi infinita de información. La facilidad o complejidad de dicha tarea es dependiente de varios factores, incluyendo el contenido de la realidad que se pretende comunicar y las circunstancias en las que se hace.
En sí, el lenguaje es una poderosa herramienta mediante la cual comunicamos nuestra interpretación de la realidad a quienes nos rodean. Mediante su utilización transmitimos esa información que para nosotros es tan evidente. Sin embargo, dentro de su utilidad existen también una gran cantidad de limitantes.
El lenguaje es un medio, en donde las experiencias puras de nuestra realidad toman forma y significación para otros. Más, al llevar a cabo éste proceso, las singularidades y características del conocimiento que se expresa se ven afectadas; y no es aventurado decir que parte de esa realidad se pierde o queda “limitada”.
Lo que comunicamos nunca podrá emular de forma completa la realidad de esa experiencia que se pretende transmitir; sin embargo mediante nuestra intencionalidad delimitamos los puntos calves de dicha experiencia y comunicamos su importancia en términos comprensibles y de una u otra manera, accesibles.
La calidad del mensaje y el grado hasta cual éste da a entender lo que queremos comunicar depende en gran parte de la habilidad del transmisor en cuanto a la utilización del lenguaje. El condensar la realidad experimentada en palabras, signos y gestos es un oficio fino, delicado y casi artístico. Sin embargo, incluso cerca de la perfección, es imposible que éste reproduzca esa realidad sin pérdidas ni limitantes.
No importan cuantas veces intentemos expresar ese cálido sentimiento que nos produce una melodía; esa ira incondicional que sentimos en torno a alguna injusticia; ese hermoso amanecer que presenciamos en las montañas; o esa realización intelectual que por fin alcanzamos… el receptor de nuestro mensaje nunca podrá experimentar exactamente eso que pretendemos comunicar.
Aún así, lo anterior no debe causar desánimo o desazón. Esas son las particularidades del lenguaje, y es por ello que su influencia en la razón, la conciencia y el conocimiento es de tanta importancia para la filosofía en general. Así como sus limitantes han sido muchas veces las causantes de confusión, desacuerdo y caos; su rol y utilidad han permitido el avance del hombre en el ámbito social, cultural, científico y filosófico.
La realidad es mayormente individual; y su percepción e interpretación siempre se encontrarán limitadas. Sin embargo, al entender el rol e influencia de dichas limitantes, como lo es el lenguaje, podemos poco a poco comprender la realidad que nos rodea y aumentar el grado de certidumbre y lucidez que tenemos de ésta.
Hace relativamente poco tuve una acalorada discusión con algunos de mis amigos en torno a la aclamada “Slumdog Millionaire”, ganadora del Oscar por mejor película entre otros. Para la gran mayoría de la crítica, dicha película era clara merecedora del galardón, por un sinnúmero de razones; sin embargo, a mí nunca me termino de convencer, y hasta la fecha sigo siendo de la opinión que es una obra totalmente sobre apreciada.
Ahora bien, no les voy a mentir, yo no soy ningún experto en el 7º arte; y no pretendo serlo. Yo no puedo argumentar sobre los logros de fotografía, o la adaptación del guión; ni mucho menos del uso de espacios y la dinámica de las escenas. Pero a mi gusto, la película no tiene mucho de sobresaliente.
En general, si creo que es una buena obra cinematográfica; pero no más. Para mí, hay un punto clave que define la calidad de una tarde en el cine. Hay un elemento importantísimo que me permite darme cuenta cuando una película ha valido la pena y es digna de recordarse. Es a partir de esto que evaluó otros aspectos en torno a lo que observo en el cine. A lo que me refiero es a los sentimientos que me produce una película, su naturaleza y el tipo de pensamientos que estos evocan en mí.
Como una gran mayoría de la gente, mi vida es ordinaria. Los sentimientos que vivo día a día son 100% reconocibles. No tengo mayores conflictos existenciales, ni batallas contra el destino. El mundo no depende de mí, y pocas semanas estoy realmente al borde de la muerte. En pocas palabras, mis sentimientos son tan extraordinarios como las situaciones que vivo.
Cuando veo una película que me desliga de ésta realidad común, que me deja involuntariamente inmerso en un plano diferente al de mis existencia, que me produce un movimiento de emociones inusuales y diferentes; es cuando me doy cuenta de la calidad de ésta.
Cuando logro reconocer los personajes como posibilidades y empiezo a entender su comportamiento; cuando me identifico intelectualmente con sus conflictos y tomo partido a favor o en contra de sus vivencias; es cuando me doy cuenta que lo que estoy viendo vale la pena.
Esos sentimientos y emociones que se producen en mí pronto se transforman en pensamientos y reflexiones. Dan paso a nuevas líneas y caminos en mi conciencia, y aunque sea por solo 120 minutos; puedo vivir y analizar situaciones que muy probablemente nunca experimente en la vida real. Es por estos factores que se que no estoy viendo una película ordinaria.
Si al final de la proyección aún me encuentro conectado intelectualmente con los temas de la película, sus situaciones o sus personajes; si cuando llegue a mi casa voy a seguir intentando descifrar las motivaciones y la razón de los escenarios mostrados; eso para mí, quiere decir que presencie una muy buena película.
Y lo anterior es cierto para el caso de libros, series e incluso videojuegos. Si al final no me quede con nada, la película no es más que una obra más para “pasar el rato”. Y para mí, eso fue “Slumdog Millionaire”. Sus temas cliché y personajes exagerados; su tensión artificial y flujo inverosímil; su amor de cuento de hadas y su final deus ex machina la colocan lejos de ser una excelente película.
Debo admitir que soy un fanático de la música electrónica, más específicamente de un género denominado psychedelic trance (GOA, psytrance, psycho, etc). Como seguidor ferviente de este tipo de música, me gusta de vez en cuando asistir a los famosos “raves”.
El problema que tengo es que mi círculo de amistades no comparte ese amor incondicional que yo le tengo al género, por lo que normalmente se muestran renuentes a acompañarme a ese tipo de “fiestas”. Lo anterior es totalmente comprensible, ya que de igual forma yo me rehusaría a asistir a innumerables conciertos de X o Y artista.
Sin embargo, a pesar de lo anterior, muchos de ellos muestran curiosidad con respecto a éste tipo de eventos. Se preguntan cómo son realmente, qué los hace tan atractivos, porqué los disfruto tanto, qué es lo me hacen sentir y cuál es su principal diferencia con otros eventos del medio electrónico.
Muchas veces me es complicado expresar de forma precisa las respuestas de tales cuestionamientos. Y no por las preguntas mismas, si no por el hecho de que este tipo de música es un gusto muy personal e involucra gran cantidad de sentimientos. Y como sucede con muchas cosas, a veces es difícil entender ciertos aspectos si no estás familiarizado con el tema. Aún así, trato de hacer mi mejor esfuerzo en expresar esos poderosos sentimientos que produce la música en mí; y es lo tratare de hacer a continuación.
En general, un rave es una fiesta. Una festejo de la música. Idealmente se realizan al aire libre, de preferencia en locaciones naturales y de alguna forma inspiradoras. Tal es el caso de bosques, playas, lagos, montañas, etc. En el caso particular de Monterrey, estos se llevan a cabo mayormente en La Huasteca.
En dicha ubicación se coloca uno o varios escenarios (dependiendo de la magnitud del evento), en los cuales se encuentran todos los instrumentos necesarios para que los artistas compartan su música. Obviamente, esto se encuentra acompañado de poderosos sistemas de sonido. Es importante recalcar que, por lo menos en este subgénero, el artista no es la “estrella”. En la mayoría de los casos no hay un “performance” como en algunos conciertos. Aquí la atención se encuentra centrada en la música, los intérpretes son casi parte de la misma audiencia, compartiendo su pasión y sentimientos por el género mediante su acto.
Normalmente ese acto se divide en dos categorías. Existe lo que se llama un “DJ set” y por otro lado tenemos un “Live Act”. El primero es mayormente conocido, y consiste en una mezcla de varias canciones enfocada en el flujo y la transición entre éstas. En dicha situación el artista hace las labores de un DJ específicamente y utiliza pistas variadas. El Live Act por su parte, es una interpretación o mezcla en vivo del material producido por el artista. De igual forma se enfoca en el flujo de la música, pero el énfasis no son las transiciones; si no las modificaciones o mezclas que se realizan en vivo a las producciones del intérprete.
En la mayoría de los casos se cuenta con la presencia de varios artistas, los cuáles tocan en un horario predefinido. La duración de un rave puede variar bastante, pero normalmente comienzan ya tarde en la noche para concluir al día siguiente, cercano al mediodía. En casos como festivales, el evento puede durar varios días.
Dependiendo del grado de sofisticación del rave, el tipo de música tocada varía acorde a la hora en que se presenta. De ahí definiciones y subgéneros como Dark Psy, Night psy, Full-on, Uplifting/Morning trance, etc.
Otro punto que levanta mucha curiosidad es el uso de drogas. Normalmente la música electrónica se encuentra asociada con estas substancias prohibidas, y el psytrance no es la excepción. Éste se encuentra principalmente relacionado con drogas psicotrópicas, como es el caso de la marihuana, LSD, MDMA, DMT, mezcalina, entre otras. El uso de dichas substancias es común en los raves, aunque depende mucho de dónde se lleve a cabo.
Por lo anterior, muchos asumen que el ambiente es nocivo y peligroso; sin embargo no es así. A diferencia de otros géneros que fomentan drogas más peligrosas como la heroína, crack o el PCP; los efectos que se buscan en un rave se encuentran orientados a modos alternativos de percepción de la realidad. La experiencia que se busca es la de un “viaje” de la conciencia guiado por la música. Es por ello que normalmente las personas que consumen drogas en un rave no exhiben conductas agresivas; en parte por el tipo de substancias que se consumen y el trasfondo detrás de su utilización.
De hecho, me atrevo a decir que el ambiente que se genera en un rave es incluso más seguro y amigable que el que se crea en un antro promedio de Monterrey. Es aquí dónde me gusta hacer énfasis en la naturaleza de este tipo de fiestas.
El ambiente en un antro también es de fiesta, de “diversión”. Pero estos aspectos degeneran de forma rápida. Mucho asisten a un antro solamente para perderse en comportamientos insensatos, conseguir un “ligue” fácil, presumir las últimas galas o simplemente fanfarronear en un ambiente superficial. La pista de baile muchas veces se transforma en un campo de batalla; las mesas en una recompensa al consumismo forzado y la entrada en una competencia de influencias.
En un rave, la mayoría asisten por una sola razón: La música. No importa si vas solo o acompañado. Ni cómo vas vestido. En un rave no hay mesas ni reservaciones, hay tiendas de campaña y el suelo natural. La pista de baile no es una pasarela, es una explanada de unidad para compartir esa experiencia. Aquí no hay que guardar las apariencias, ni hay que bailar “los pasos de moda”. Simplemente hay que sentir la música, disfrutarla y dejarte llevar.
Por eso me encanta ese ambiente. Porque la gente lo siente. Porque pocas cosas se asemejan al sentimiento que produce el escuchar una melodía y no poder dejar de bailar a pesar de estar exhausto. El sentimiento de ver el amanecer después de ocho horas de hermosa música es incomparable. El ver a tu alrededor y encontrarte con sonrisas de gente que comprende la experiencia que es el celebrar la música de esa manera.
Para mí, eso es un rave y por eso me gustan tanto.